sábado, 26 de septiembre de 2026

Reclamo el 4,8% de mis impuestos.

Quiero que me devuelvan el 4,8% del dinero que destino, con mis impuestos, cada año, como ciudadana de un país democrático, a las fuerzas de seguridad del estado para que me protejan.
Cuando aquello para lo que alguien ha sido contratado no se cumple, te devuelven el dinero.
Mi 4,8% es para poder hacer uso de todos los espacios con la certeza de que nadie, sea de la ideología que sea, puede llevar a cabo una agresión impunemente. 
Quiero que me devuelvan mi 4,8%, porque protegen a los que airean discursos de odio, pintadas de odio, palizas de odio, incitación al odio, persecuciones de odio. Cuando al odio se le invita a seguir adelante amablemente, suele sentirse seguro y se instala en nuestras calles y en nuestras vidas como uno más. Se alimenta de los que han dejado de pensar porque nunca lo hicieron o porque se agotaron de tanto hacerlo y no conseguir nada. Para estos últimos no me queda compasión.
Quiero que me devuelvan mi 4,8% porque se han liado a hostias con los defensores de los más vulnerables: los que educan a sus hijos, los ancianos, los altruistas que ponen barricadas porque la policía no nos sirve. A estas alturas ya he descubierto que sirven a otros, intuyo que será a otros que pagarán más del 4,8% que pago yo.
Quiero mi 4,8%, con carácter retroactivo desde el instante en el que la ignorancia y el idiota se instaló bajo esos trajes antibalas y esos cascos tras los cuales a veces, mientras pegan, les he visto sonreír.
Que les resten del sueldo cada golpe que dieron injustificadamente, si es que algún golpe está justificado. 
Que les resten del sueldo cada agresión verbal y sonrisa intencionada ante cualquier conflicto. Que el mes que su actitud no sea loable, no cobre, no coma y no pueda disfrutar de su tiempo de descanso en libertad y con los suyos. Que le quiten unas horas el derecho a ser feliz porque está molido a golpes, que le amordacen, le adormezcan,  le arrastren por el suelo y contra el asfalto y le hagan sangrar aunque solo sea un poco.
Que recuerden que eligieron defendernos y cuidarnos a todos sin excepción. 
La memoria es la base de nuestra identidad, esa identidad que a fuerza de apalearla busca desparecer.

(Para todos aquellos que cumplen con su obligación, mis respetos) 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

La muerte de la verdad o como todo se va a la mierda.

 

Cuando se abre la veda para que todo el mundo pueda hablar sin límite moral, todo se va a la mierda.

Cuando además el desvelamiento original ha dejado de ser un acto puro que deja a la vista todo aquello que está escondido, algunas empezamos a sentirnos perdidas.

La gente miente para llamar la atención. Miente para parecer más alta, más lista, más joven o más experta en no decir la verdad. Miente para conseguir un trabajo, una buena nota, una sonrisa, un aparcamiento preferente o una plaza en cualquier transporte. Miente para dejar claro que pueden engañarte, sin darse cuenta de que tu también mientes.

Mienten para poder comer gratis, mear gratis, cagar gratis, follar gratis. Y en esa búsqueda de la gratuidad absoluta, todo se convierte en una enorme mierda que gratuitamente todos vamos pisando y desparramando por todo el planeta. También mienten para no tener que recogerla.

Se han olvidado de decir la verdad los que enferman, los que curan o enferman aún más por no decir la verdad, los que invaden, los invadidos, los que votan y los votados, el que me mira perplejo y pretende que le ponga buena nota cuando el trabajo lo hizo la IA, el que me felicita por algo que tan solo ha mirado por encima sin profundizar. Mienten y en su propia mentira acaban creyéndose a si mismos y se vanaglorian del éxito de un engaño más. Miente el altruista cansado de ser generoso, el pobre cansado de pedir, el rico cansado de gastar.

Nos echan de nuestras casas Maricarmen, diciendo que eso es justicia. Nos queman las chabolas diciendo que son tolerantes con los que llegan. Hunden barcas, pegan tiros, zarandean coches, palizas a trans, homosexuales, mujeres, niños, ancianos. Miente la policía, el inmigrante, el defensor de la paz que al final se convierte en guerra permanente. Miente el que te está matando para que creas que lo mereces mientras mueres. Miente el que pone cara de órdago y el que no juega. Miente tu padre o tu madre porque necesitan que creas que dicen la verdad. Miente tu hijo no diciendo  dónde estará y con quién, mienten cuando sueñan, cuando lloran, mienten en los pasos que han dado, en el peso que levantan en el gimnasio, en lo que han pescado, vendido, en el precio que pagaron por algo más de esclavitud porque ya no saben usar la libertad de manera honesta.  

Mientes cuando me dices que me quieres, cuando me dices que no, cuando afirmas que este amor será para toda la vida o cuando llegue la muerte y me mientas para matarme. 

Mientes porque la muerte de la verdad es inminente y mientes, mientes...

Mienten porque ya se olvidaron de cómo decir la verdad.