Desde hace unos meses, los algoritmos de mi instagram, hábilmente, me recuerdan que biológicamente las madres siempre están presentes en sus hijas. Las células maternas permanecen en el cuerpo de sus hijas durante toda la vida.
Las dos fotos son de mis pies. Me he mirado los pies. Por algún motivo, hoy me quedé absorta mirando mis pies. Me descubrí repitiendo en mi cabeza: son los pies de mi madre.
Ahora que voy envejeciendo y por aquello de que todo se vuelve más reposado, estoy redescubriendo a mi madre en mi. La artrosis de mis manos, que recientemente me está dando problemas para coser, como le pasaba a ella. Mi desnudez incluso se asemeja cada vez más a la suya, las no arrugas en mi cara, el color de mi piel, algunas líneas de mi cuello creo que están colocadas en el mismo sitio y con la misma longitud que las de ella, mis muslos, mi celulitis, algunas varices están en el mismo lugar. Y ahora, mis pies, esos que algún día también estarán cansados de caminar, son también los suyos.
En otras muchas cosas no se ha quedado en mi, lo cual me hace pensar que hay en todos nosotros una gran dosis de originalidad no replicable y eso me satisface.
Saber que hay partes de mi que quedarán en mi hija, me asegura esa inmortalidad que casi todos parecemos necesitar y no necesitamos. Saber que esas partes de mi, alojadas en mi hija, quizá lleven restos de mi propia madre, me divierte.
Parece que mi alma vagará por este mundo durante mucho tiempo. Quizá no debería de haber comprado el billete vuelta.


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