Quiero que me devuelvan el 4,8% del dinero que destino, con mis impuestos, cada año, como ciudadana de un país democrático, a las fuerzas de seguridad del estado para que me protejan.
Cuando aquello para lo que alguien ha sido contratado no se cumple, te devuelven el dinero.
Mi 4,8% es para poder hacer uso de todos los espacios con la certeza de que nadie, sea de la ideología que sea, puede llevar a cabo una agresión impunemente.
Quiero que me devuelvan mi 4,8%, porque protegen a los que airean discursos de odio, pintadas de odio, palizas de odio, incitación al odio, persecuciones de odio. Cuando al odio se le invita a seguir adelante amablemente, suele sentirse seguro y se instala en nuestras calles y en nuestras vidas como uno más. Se alimenta de los que han dejado de pensar porque nunca lo hicieron o porque se agotaron de tanto hacerlo y no conseguir nada. Para estos últimos no me queda compasión.
Quiero que me devuelvan mi 4,8% porque se han liado a hostias con los defensores de los más vulnerables: los que educan a sus hijos, los ancianos, los altruistas que ponen barricadas porque la policía no nos sirve. A estas alturas ya he descubierto que sirven a otros, intuyo que será a otros que pagarán más del 4,8% que pago yo.
Quiero mi 4,8%, con carácter retroactivo desde el instante en el que la ignorancia y el idiota se instaló bajo esos trajes antibalas y esos cascos tras los cuales a veces, mientras pegan, les he visto sonreír.
Que les resten del sueldo cada golpe que dieron injustificadamente, si es que algún golpe está justificado.
Que les resten del sueldo cada agresión verbal y sonrisa intencionada ante cualquier conflicto. Que el mes que su actitud no sea loable, no cobre, no coma y no pueda disfrutar de su tiempo de descanso en libertad y con los suyos. Que le quiten unas horas el derecho a ser feliz porque está molido a golpes, que le amordacen, le adormezcan, le arrastren por el suelo y contra el asfalto y le hagan sangrar aunque solo sea un poco.
Que recuerden que eligieron defendernos y cuidarnos a todos sin excepción.
La memoria es la base de nuestra identidad, esa identidad que a fuerza de apalearla busca desparecer.
(Para todos aquellos que cumplen con su obligación, mis respetos)
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