lunes, 13 de julio de 2026

Cuando éramos libres

Cuando éramos libres, nuestras lenguas también lo eran. Habíamos utilizado tantas veces la idea de que teníamos libertad de expresión, que nos lo creímos a ciegas y pensamos que siempre estaría de nuestro lado para defendernos.

Cuando éramos libres, nuestras manos acompañaron nuestros actos. A veces abiertas y en alto expresándonos públicamente en defensa de los derechos humanos. Siempre había pedazos de dignidad por los que tuvimos que luchar. A veces cerradas por la impotencia de no saber cómo armarnos hasta los dientes y batallar sin violencia.

Cuando éramos libres reíamos y nuestra risa hacía eco porque rebotaba libremente. Chistes sin ofensa real, sin dolor real, sin agresión real. Cómicos de la calle dispuestos a sentarse en cualquier terraza y hablar de idioteces incluso en voz alta para ser escuchados y contagiar la risa.

Cuando éramos libres metíamos nuestro voto, un domingo, en la urna de la democracia. Bebíamos cerveza después con la satisfacción de haber cumplido como ciudadanos con nuestra obligación, desvelábamos el secreto de a quién habíamos votado y respetábamos la disparidad de criterios, porque era lo que tocaba.

Cuando éramos libres, éramos hippes, punks, rockeros, tribus diversas de esas que llamaban urbanas. Las que llenábamos de color cualquier avenida, bareto o tasca. Las que en medio de la mezcla y la variedad nos mirábamos simulando amenazas que nunca llegaron a consumarse. Y compartíamos espacio y bocadillos sin indigestarnos.

Cuando éramos libres, el mundo era de todos y para todos. Presumíamos de amigos homosexuales, negros, trans... sin apalearnos, humillarnos, degradarnos o matarnos. Presumíamos de tolerancia absoluta, aunque nos costase asimilar las diferencias sin criticarlas. 

Cuando éramos libres, fuimos capaces de defendernos y de defender al otro en manada. 

Cuando éramos libres, éramos libres. Ahora andamos aprendiendo a susurrar nuestra libertad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario